Hoy
traigo por aquí un método de griego ( Lessons in greek as a living tongue de Theodoro Dwight) con el que me topado por
internet en estos días de ocio más bien pantagruélico que
ciceroniano. Se trata de un método en inglés absolutamente
inclasificable escrito en...¡1833! que me ha dejado -casi diría- en
un total estado de shock. En parte puede ser debido a su
estupenda introducción: creo que nunca había leído una descripción
del método directo tan sensata y tan llevada hasta sus últimas
consecuencias lógicas, ni a una persona con la que compartiera
tantos puntos de vista. Paso a comentarla brevemente para los que no
entendáis inglés, aunque mi intención es traducirla completa y
mandarla a páginas serias de clásicas, a ver si la publican.
Comienza
el autor quejándose de la crisis que pasa en su país, los USA, el
griego, ese venerable, altamente cultivado y utilísimo idioma,
y sospecha que esta situación se debe tanto al desprecio hacia el
griego de muchas autoridades educativas (seguimos en 1833, ojo) como
por el método excesivamente gramatical que se aplica en las
escuelas, ya que cuando una lengua es presentada para algo
distinto que el uso práctico o como vehículo de pensamiento (…)
nunca puede ser correctamente adquirida.
Pasa de aquí a una crítica a la enseñanza gramatical de los idiomas que no
solo está muy lejos de adaptarse a las capacidades de los jóvenes,
sino ideada según un plan que hasta un adulto la
encuentra excesivamente difícil y carente de interés como para
poder aplicarse a un trabajo constante. A este respecto, uno de
sus argumentos más sensatos es cuando dice que aunque un
profesor bien pueda reconocerlo como el método más común vigente
en nuestras instituciones educativas, nunca se somete a sí mismo a
semejante sistema al estudiar otro idioma -si es que puede evitarlo-
sino que busca la ayuda de la voz viva y del oído. Porque
¿Cuánta gente enseña griego à la mode de chez nous , que
dice la cantinela, pero a la hora de aprender inglés, francés o lo
que sea ,no se olvida del golpe de gramática y diccionario y se pasa al método natural?
Se
adelanta el autor al tan manido argumento de que el griego es una
lengua-relicario, inviolable depósito de los más grandes
pensamientos occidentales e indigna de semejante tratamiento rastrero
en la medida que práctico. Su respuesta es que el objetivo del
fileleno no es la admiración de la lengua griega mudo y absorto y de
rodillas como se adora a Dios ante su altar, sino el de lograr una
familiaridad íntima (intimate acquaintance) con los
clásicos griegos idéntica a la que tenemos con nuestra propia
tradición y que sólo se puede lograr con un método vivo integrándolos en una tradición viva... porque está muy bien, digo yo, eso de ser turista ocasional en Atenas y quedarse pasmado en cualquier esquina con la visión de la Acrópolis, pero es mucho mejor ser un ateniense y no pasmarse tanto porque la ves todos los días.
Trata
luego el tema de la pronunciación a adoptar. Nuestro autor no se
corta un pelo: en una enseñanza del griego como lengua viva sólo se
puede usar la pronunciación moderna. Tengo que volver a leerlo
porque no me lo puedo creer. Hay eruditos defensores de esta idea,
claro, pero nunca JAMAS había leído algo así en un método escolar para
jóvenes. Es aquí donde muchos autores de métodos, incluso los
de los más rompedores y basados en métodos actuales aplicados en
lenguas modernas (estoy pensado en estupendas obras como Polis, por ejemplo) se
echan para atrás y no llevan sus planteamientos metodológicos a su
conclusión más lógica. Nadie quiere quedar excluido del mundo
serio de la pedagogía del griego y sólo hay que ver la mofa que
produce la posibilidad de la pronunciación moderna utilizada en
la enseñanza del griego clásico, como podéis ver en este vídeo
del propio Rico (mofa por parte de supuestos docentes de griego, para
más inri)... y esto en pleno siglo XXI. Así que en 1833, en un
siglo de imperialismo brutal fundado en la supuesta supremacía
cultural europea sobre las razas inferiores y el absoluto desprecio,
entre tantos filólogos, por los degenerados descendientes de Pericles
(algunos negaban hasta la filiación del griego moderno con el
clásico) proponer semejante cosa es... increíble.
Pero no
queda ahí la cosa. Es que, según el autor, el griego clásico se
pronunciaba como el moderno y va a intentar probarlo. Esto se pone
cada vez divertido. Me salto las extravagantes argumentaciones sobre
diptongos, vocales largas, etc. (el interesado en semejantes
erudiciones -que siempre hay alguno- puede acudir al texto) y paso a su argumento más sensato, irrefutable y único válido a favor de la
pronunciación moderna:
todas
estas consideraciones y ejemplos que intentan probar la antigüedad
de la pronunciación moderna han sido expuestos aquí más para el
disfrute del lector que como argumento a favor del tema (del uso de la
pronunciación moderna). El autor quiere repetir que es la utilidad
de su adopción en nuestras escuela base suficiente para proponerla,
por mucho que la pronunciación antigua pudiera diferenciarse de la
moderna.
Es
decir, los argumentos pedagógicos tiene que prevalecer sobre los
puramente históricos-filológicos o, dicho de otra manera más
insultante, los argumentos históricos-filológicos no están
a la altura como para desacreditar el uso de la pronunciación
moderna en el marco de un método directo.
Un
último tema a tratar por el autor son los dialectos griegos, entre
los que incluye en igualdad de condiciones -¡agárrate!- el griego
moderno. Esto tendrá su importancia en el desarrollo de las
lecciones, como veremos.
Estas
lecciones tampoco defraudan. En las 30 que forman el método podemos
encontrar de todo... menos textos clásicos: selecciones del Nuevo
Testamento, la Bilbia de los Setenta, traducciones de Paul et
Virginie, canciones patríoticas de la Guerra de la Independencia
Griega... hasta el punto, de que a algunos les podría parecer un método
de griego moderno (del de 1830, claro). Pero no. A algunos, además, pero sólo a los
que ya están echados a perder a causa de su (de)formación académica,
porque a los niños a los que va dirigido el método se les ha
dicho que el griego moderno es un dialecto más del griego clásico
y, por lo tanto, sus textos son tan validos para aprender ático
clásico -una vez señaladas las diferencias dialectales- como
Herodoto, Píndaro, Safo o los corales de Eurípides pueden ser
útiles para un filólogo con ese mismo objetivo.
Por lo
demás, la estructura de las lecciones también es originalísima. Se
presenta una serie de frases y textos y por medio de preguntas
(¡cientos de ellas!... pena que no estén en griego) se intenta que el alumno deduzca una regla
gramatical. No hay exposiciones gramaticales. No hay ejercicios. sólo
una continua variación oral con los textos propuestos (declina
tal, pon en plural, pon en singular). En fin, ver para creer.
Resumiendo,
que si bien el método resulta un tanto caótico y se echa en falta
un mayor cuidado a la hora de organizar el material, como idea
metodológica me parece originalísima y tremendamente atrevida.
Incluso si algo así se publicara hoy en día le darían por todos
los lados, seguro, así que me encantaría leer las críticas que tuvo en su
momento de publicación. ¿Llegaría este hombre a poner en práctica
su método? ¿Hubo alguna vez niños que aprendieron griego clásico
cantando canciones revolucionarias del 21 (de estricta actualidad en
la época de la edición del método, no lo olvidemos)? No lo sé. Yo
sólo sé que me hubiera encantado haber aprendido griego con este
ya mi nuevo héroe, junto a Rouse, Blackie y otros pocos verdaderos
φιλέλληνες en
el sentido completo de la palabra.